jueves, 9 de abril de 2009

LOS CAMBIOS SOCIALES

LOS CAMBIOS SOCIALES
José R. Delfín


Hay un dicho referente a los cambios que se produce en cualquier ámbito de la vida que viene a decir eso de que todos los cambios son traumáticos, cosa que casi siempre es verdad, aunque en muchos de ellos el cambio solo haya traumatizado a aquellas personas que viven o quieren vivir del pasado y por el pasado.

Aún recuerdo cuando en la década de los años cincuenta del siglo XX las personas de más de cincuenta años al ver como una chica que, sin ser “cigarrera”-que era como se denominaban a las que trabajaban en la fábrica de tabaco- llevaba un cigarrillo entre los dedos las ponían de vuelta y media, pues, quitando a las cigarreras, todas aquellas mujeres que fumaban o eran unas cabareteras (en aquella época la denominación de cabaretera era para la masa social sinónimo de persona de moral más que dudosa) o tan cursis que querían imitar a las extranjeras esas de las películas, lo que conllevaría que esas mujeres llevaran una vida de lo más licenciosa, cosa que redundaría en un grave perjuicio moral para toda la sociedad. Más tarde, como todos sabemos, se puso de moda el que la mujer fumara…y no pasó nada.

También en aquellos tiempos, cuando una mujer soltera se quedaba embarazada la reputación de la misma era pisoteada, incluso por su propia familia, y era poco menos que arrojada de la casa de sus padres para no pasar por la vergüenza de que el día de mañana su nieto o nieta no supiera quien era su padre y que, por tanto, su madre fue un pendón desorejado. Hoy hay mujeres que incluso desean tener un hijo de soltera y continuar siendo soltera, sin importarle a nadie para nada lo que el día de mañana pueda pensar cualquiera sobre quien fue el padre del niño. Y, por supuesto, la sociedad ni se inmuta por ello. Ya no se le da importancia. Es más, hay hasta quien alaba tal hecho, por la valentía de sacar ella sola un hijo adelante.

Cuando en la escuela un alumno se comportaba de forma inadecuada, el profesor o la profesora le mandaba como castigo un suplemento a las tareas a realizar en casa; tareas que tenía que presentar en la mañana siguiente. Y si el alumno se ponía algo díscolo se le administraba la correspondiente colleja. Cundo se enteraban sus padres de lo sucedido al pequeño rebelde, además de recibir un suplemento a las collejas que le había dado su profesor, el castigo se incrementaba con una prohibición de salida con los amigos durante un tiempo; con dejar de percibir “la paga” semanal, con la supresión de los postres, o incluso con las tres “penas” a la vez.
Hoy, si un alumno hace la gamberrada que sea en el Centro de Estudios y a cualquier profesor se le ocurre darle una colleja o incluso gritarle, los padres se presentan en el colegio hecho unos basiliscos y le forman un buen pollo al docente. Eso en el mejor de los caso, pues si les da por presentar una denuncia…

Recuerdo que cierto día -allá por la década de los 70- el hijo de un amigo mío, con un tirachinas, hizo añicos el cristal delantero de un coche que estaba estacionado junto al portal de su casa, obviamente su padre, mi amigo, tras dar un par de bofetones al autor de la gamberrada, se hizo cargo del importe de la reparación -por cierto que el niño no volvió a rescindir y desde entonces fue un chico ejemplar, tanto en su comportamiento hacía los demás como en sus estudios. Actualmente el autor de la gamberrada está doctorado en medicina y ejerce como tal.
Si eso hubiera sucedido hoy no sería extraño que su padre, mi amigo, estuviera en prisión por maltratar a un menor y cabría la posibilidad de que su hijo, al carecer de una figura paterna que le marcara el camino a seguir, estuviera de botellón en botellón, o quemando un canuto tras otro; o vaya usted a saber cual habría sido su final.

Tal vez recuerden que las librerías apenas vendían libros –si exceptuamos los de textos, que tampoco eran muchos- y ello demostraba que la población apenas leía; hoy las ventas han aumentado de manera notable –ese es el cambio-; aunque haya veces en las cuales al entrar en algunos hogares observemos, en el salón principal de la casa, una estantería llena de ellos, tan nuevos y bien colocados que tienen la significativa apariencia de que nunca han sido leídos. Pero se venden más libros.

¿Y la cantidad de etiquetas que la sociedad les ponía a aquellas parejas que contraían matrimonio existiendo entre ellos una notable diferencia de edad?

En cambio hoy se ve como algo normal la diferencia de edad entre personas que viven como pareja, sin estar casados, ni por lo civil, ni por ninguna de las iglesias conocidas; o que incluso contraen matrimonio personas de un mismo sexo. Pues bien, no hace mucho tiempo un amigo me contó una historia (ficticia o verdadera, que eso nada importa para lo que se pretende) sobre una de estas parejas o matrimonios a los cuales por su diferencia de edad les tocó vivir el siguiente follón familiar, según el mismo contó:
“Tengo 24 años, y estoy casado con una viuda de 42, la cual tiene una hija de 25 años, que ahora también se ha convertido en mi hija. Mi padre se ha casado con esta última. Por lo tanto mi padre se ha convertido en mi yerno, puesto que se ha casado con mi hija. Por consiguiente, mi hija, que es también mi nuera, se ha convertido en mi madre, ya que es la esposa de mi padre.
Mi mujer y yo hemos tenido un hijo en enero. Este niño se ha convertido en el hermano de la mujer de mi padre, lo que equivale a ser el cuñado de mi padre. Como consecuencia, es ahora mi tío, puesto que es hermano de mi madre. Ahora bien, como hemos dicho, ya sabemos que mi hijo es también mi tío.
La mujer de mi padre ha tenido un niño, que es a la vez mi hermano, ya que es hijo de mi padre, y al mismo tiempo mi nieto, puesto que es hijo de la hija de mi mujer. Como resultado, soy ahora el hermano de mi nieto, y como ya sabemos que el marido de la madre de una persona es el padre de esta persona, resulta que soy padre de mi mujer, y hermano de mi hijo. Por consiguiente soy mi propio abuelo. Por esa causa, mi estado psíquico es inestable y preocupante, con trastornos mentales agravados por un clima familiar perturbador.”
Todo esto, por muy enrevesado que parezca, puede suceder.

Es la dinámica de una sociedad viva; el continuo cambio. Lo que hoy es malo mañana puede parecer bueno, o viceversa. La vida es la mejor y la más difícil tragicomedia.

Pero, aún sabiendo lo anterior, considero que lo más prudente es no hacer caso de ninguna historia de las que se cuentan -o puedan contarse- y aplicar aquello de amaros los unos a los otros, pero sin hacer distinción de casados o solteros; más joven o de más edad –que esas son cosas impuestas por la sociedad- y dejar que la convivencia evolucione. Lo más importante de todo es ser felices y vivir en paz y armonía. Si Dios quiere nuestra felicidad considero que lo contrario es como ir contra su propia Ley, o negar su existencia.

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